Por Gustavo Hein, presidente de la Cámara de Diputados de Entre Ríos
Suicidio: una palabra que no debe ser banalizada.
El 10 de septiembre es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio.
En Entre Ríos no es una fecha más del calendario; es un día que muchas familias entrerrianas atraviesan con un nombre y un rostro en la memoria.
Los datos son conocidos y duelen.
Durante 2025, nuestra provincia registró 20,8 suicidios cada 100.000 habitantes: la tasa más alta del país y casi el doble del promedio nacional. En Argentina, 5.209 personas murieron por esta causa el año pasado, la cifra más alta desde que existen estadísticas comparables. Y el suicidio pasó a ser la principal causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 34 años, por encima de los accidentes de tránsito.
Detrás de cada número hay un grupo de amigos que no entiende qué pasó, y hay familias con un dolor inconmensurable.
Escribo esto como presidente de la Cámara de Diputados, pero sobre todo como entrerriano. Y escribo porque en las últimas semanas la palabra “suicidio” volvió a la conversación pública, aunque no por las razones que debería. Desde los lugares más altos de la política argentina, se la usó como metáfora: para anticipar el resultado de una elección, para calificar una política económica, para dramatizar un desacuerdo. “Si no ganamos es porque, como sociedad, estamos decidiendo suicidarnos” o “El programa económico representa una decisión inadecuada, criminal y suicida de nuestra soberanía”, frases dichas al pasar, en la misma semana en que el país se prepara para hablar de prevención.
El suicidio terminó convertido en un recurso retórico, y eso tiene un costo que no se nota a simple vista. Quienes trabajan en prevención lo saben desde hace décadas: el lenguaje importa. Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para hablar públicamente de este tema piden no presentarlo de manera sensacionalista y no usar el término con liviandad.
Cuando el suicidio se banaliza, se vuelve más difícil hablar de él en serio; y cuando se lo presenta como una “decisión” que una sociedad toma, se refuerza la idea equivocada de que es una elección y no el desenlace de un sufrimiento que requiere escucha, acompañamiento y atención. Pensemos en quién escucha esas frases: la madre que perdió a un hijo el año pasado, el adolescente que hoy está pasando un momento oscuro, el equipo de salud mental de un hospital del interior. La política tiene todo el derecho a discutir con dureza. En democracia conviven los desacuerdos, y la Cámara que presido es, por definición, un lugar de disputa de ideas.
Existe un vocabulario enorme para decir que una política es equivocada, riesgosa, dañina o irresponsable. No hace falta tomar prestada la palabra que nombra la peor tragedia que puede atravesar una familia.Por eso, con respeto, quiero pedir compromiso a toda la dirigencia argentina, empezando por la nuestra: que la palabra “suicidio” vuelva a su lugar. Que la usemos para hablar de salud mental, de prevención, de recursos, de escucha, que no la usemos para ganar una discusión. Y pido además, que a ese compromiso lo acompañemos con hechos.
Este 10 de septiembre, propongo que el gesto más político que podamos tener sea también el más humano: hablar de esto con cuidado, escuchar, y recordar que cada palabra que decimos desde un lugar de poder puede llegar a una persona o a una familia que está sufriendo. Si vos o alguien que conocés necesita ayuda, podés llamar a la línea 135. Es gratuita, confidencial y está disponible las 24 horas o acercate al centro de salud más cercano.


