MIENTRAS MILEI FESTEJA LOS NÚMEROS DE LA MACROECONOMÍA, LA ARGENTINA REAL SE DESANGRA ENTRE LA POBREZA, LA RECESIÓN Y EL CIERRE DE EMPRESAS
El presidente Javier Milei insiste en mostrar una Argentina que parece existir únicamente en los informes económicos y en las conferencias de prensa. Habla de equilibrio fiscal, superávit y estabilidad macroeconómica como si esos indicadores fueran suficientes para describir la realidad de un país de casi 47 millones de habitantes.
Pero la Argentina de carne y hueso cuenta otra historia.

Es la Argentina donde los comercios bajan definitivamente sus persianas. Donde las pequeñas y medianas empresas luchan por sobrevivir en medio de una caída del consumo que parece no encontrar piso. Donde cientos de miles de trabajadores viven con la incertidumbre permanente de perder su empleo y donde millones de familias deben resignar calidad de vida para poder llegar a fin de mes.
No existe triunfo económico cuando los comercios cierran. No existe éxito fiscal cuando la producción se paraliza. No existe recuperación si la gente siente que cada día vive peor que el anterior.
El Gobierno sostiene que el sacrificio de hoy traerá prosperidad mañana. Pero mientras ese futuro prometido sigue sin fecha de llegada, el presente se llena de locales vacíos, fábricas trabajando por debajo de su capacidad, empresas que desaparecen y barrios comerciales que muestran un paisaje cada vez más desolador.
Los informes económicos pueden celebrar determinadas variables. Sin embargo, ningún gráfico logra esconder la realidad que cualquier argentino observa al recorrer el centro de su ciudad: menos clientes, menos ventas, menos empleo y más incertidumbre.
Las estadísticas podrán reflejar un superávit fiscal. Pero el comerciante no paga el alquiler con el superávit. El trabajador no llena la heladera con el riesgo país. El jubilado no compra medicamentos con un índice macroeconómico.
Esa es la diferencia entre la economía de laboratorio y la economía real.
Diversos informes indican que desde el inicio de la actual gestión ya cerraron más de 26.000 empresas en el país, una cifra que representa mucho más que un dato económico. Cada empresa que desaparece significa inversiones perdidas, sueños truncos, empleos destruidos y familias que vuelven a empezar desde cero.
Y mientras esto ocurre, desde el poder se insiste en repetir que «todo marcha de acuerdo al plan».
La pregunta es inevitable.
¿El plan incluye que miles de comercios desaparezcan? ¿El plan contempla que el mercado interno permanezca paralizado? ¿El plan acepta que el costo del ajuste recaiga, principalmente, sobre quienes producen, trabajan y generan empleo?
Una economía no puede evaluarse únicamente por la tranquilidad de los mercados financieros. También debe medirse por la tranquilidad de su pueblo.
Porque cuando un país normaliza el cierre de empresas, cuando deja de sorprenderse por los negocios vacíos y cuando convierte la recesión en un daño colateral aceptable, corre el riesgo de perder mucho más que indicadores económicos: pierde oportunidades, pierde producción y pierde esperanza.
La macroeconomía puede ordenar las cuentas del Estado. Pero jamás podrá reemplazar el ruido de una fábrica produciendo, el movimiento de un centro comercial lleno de clientes o la tranquilidad de una familia que sabe que mañana seguirá teniendo trabajo.
La Argentina necesita equilibrio fiscal, sí. Pero también necesita consumo, inversión, producción y empleo.
Porque ningún gobierno debería conformarse con que cierren los números si, al mismo tiempo, se cierran las empresas, los comercios y las oportunidades de millones de argentinos.
Los mercados podrán aplaudir. Pero la historia siempre termina juzgando a los gobiernos por la calidad de vida de su pueblo, no por la belleza de una planilla de Excel.
FUENTE: ER24

